Lo hicimos todo:

Seguimos el mandato de conocernos a nosotros mismos, de ser autocríticos.

Leímos kilómetros de texto de autoayuda y desarrollo personal.

Trabajamos sobre nuestras debilidades.

Y ahí… aparece el maldito ego, que estaba el momento justo para susurrarnos en el oído todo lo maduros y centrados que somos, para arrastrarnos al defecto más resistente de todos: la soberbia.

¡Qué difícil de combatir la soberbia! trabajamos por pulir nuestra comprensión, nuestro manejo emocional, nuestros hábitos, nuestra personalidad… lo que sea que consideramos positivo. Y claro:  cuando hacemos cosas positivas, nos enorgullecemos.

El problema: la línea que separa el sentirnos mejores que lo que éramos antes, y mejores que los demás… es muy muy fina. ¿Por qué? porque tendemos a medir a los demás -lo que sería positivo para ellos- en función de lo que creemos positivo para nosotros mismos.

Para nosotros que queremos ser tan buenos, tenemos que tener algo presente:

La soberbia es desagradable, porque de todas las debilidades que podamos tener, es la que hace sentir mal al otro respecto de sí mismo.

Nuestros (otros) defectos nos pueden ayudar a empatizar. No es lo más sano del mundo, pero es así: nos definimos en función de los otros. Las debilidades ajenas resaltan nuestras fortalezas, y eso nos hace sentir bien. Con todos los defectos, menos con la soberbia, que es precisamente el creerse más, hacer sentir menos.

PARA TRABAJARLO:

Si medimos a todos por aquello en lo que NOSOTROS somos buenos, obviamente vamos a llevar la delantera. Un buen tip que me parece útil para aplacar este defecto autoinmune:

Revisar los cánones con los que nos medimos a nosotros mismos y a los demás.

¿En qué otros sentidos, en que otras dimensiones la gente es valiosa?

Si el otro es feliz a su modo ¿aunque no lo compartamos, podemos decir que somos mejores, cuando la felicidad es la gran meta?

¿Qué nos puede enseñar cada persona con la que nos relacionemos hoy?

DE INTERÉS: 6 síntomas para detectar si estamos sufriendo este defecto sin darnos cuenta.

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