Si ya es todo un tema aprender a decir que NO (a los demás y a uno mismo) … mantenerse firme en esa negativa ¡es de cinturón negro!

Nos pasa. Tenemos clarísimo los límites, clarísimo aquello en que JAMÁS vamos a ceder. Pero… Nuestro amigo nos implora. El vendedor nos insiste. El cliente nos argumenta. El jefe nos adula. Y también -seamos sinceros- nosotros mismos nos empezamos a justificar. 

Terminamos haciendo cosas que nos disgustan, que no nos aporta, o que sabemos que no nos hacen bien. Si nuestros “NO” más rotundos terminan transformándose en “bueno, dale, ok, solo por esta vez” demasiado seguido… es hora de desarrollar una estrategia.

Decir que sí a demasiadas oportunidades, demasiados proyectos y demasiadas personas es la receta segura para un rico fracaso.

Dice Derek Sivers: “Basta de decir ‘Sí’. Si no te sale un ‘¡Claro que sí!’ la alternativa es ‘Simplemente no'”

¿cómo podemos plantar un NO realmente efectivo? 
Una práctica bien simple, pero que funciona: cambiar el “no puedo” por el “no lo hago”. 

Cuando decimos “no puedo hacer X”, nuestro riesgo de ceder es del 60%

Cuando decimos “yo no hago X”, nuestro riesgo de ceder es del 35%

¿Cuál de estas alternativas suenan más poderosa y convincentes?

  • “No te puedo hacer un descuento” o “No hacemos descuentos”
  • “No podemos saltearnos pasos de este proyecto” o “No bajamos nuestros estándares.”

¿Por qué? Porque el “yo no hago X” transmite más convicción; desestimula a que nos intenten persuadir. Demostramos -a los demás y a nosotros mismos- que tenemos poder. Estamos determinados. No es un NO arbitrario, es que lo que hacemos o dejamos de hacer se basa en nuestros valores, en nuestras prioridades, en lo que somos. Y lo que somos no es negociable.

Al contrario, cuando decimos “No puedo” sugiere que si pudiéramos lo haríamos. Automáticamente nos estamos permitiendo una excusa: “En realidad podría… pero por esta vez elijo no hacerlo. No demasiado. O eso debería. Pero bueno… quizás sí podría… LO HAGO” 

Cuando decimos “no puedo”, el otro inconscientemente piensa “Ok… pero ¿en qué circunstancias sí podrías hacer lo que te estoy pidiendo?”. Interpretamos un “no puedo” como una barrera externa a la que se le puede encontrar una solución. Es, incluso, una especie de desafío.

La perspectiva del “no hago esto, no procedo así”, en cambio, siempre gana porque no deja lugar a justificaciones, discusiones o negociaciones.

Ponemos el límite de lo no-negociable; y para seguir construyendo, nos enfocamos en aquello que sí estamos dispuesto a hacer. 

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