Que todos amemos nuestro trabajo es al mismo tiempo un ideal bonito, como una idea muy dañina: para las organizaciones, para la sociedad…y para las propias personas.
Pero que estemos orgullosos de eso que hacemos… ¡ah! eso es otra cosa.

“Ama tu trabajo”, “Dedicate a lo que te apasiona”… ríos de tinta corren en esta dirección. Y probablemente muchos de nosotros, efectivamente, amemos lo que hacemos. Pero teniendo un mínimo de empatía -más aún, de respeto- tenemos que entender que muchos otros no pueden darse el lujo de elegir un trabajo que amen:.

  • porque no accedieron a la educación suficiente;
  • porque sufrieron alguna disminución física;
  • porque necesitan reunir dinero con urgencia;
  • porque necesitan dedicar tiempo a una situación familiar;
  • porque están en un período de transición -de carrera, de país, por ejemplo.

No toda tarea es vocacional, ni todo puesto permite autodeterminación; hay colegas que no son agradables, y jefes que no son líderes. Pero todo trabajo vale e importa: independientemente de la especialización o el status, requiere el 100% de compromiso.

Cuando proclamamos que todos debemos amar nuestro trabajo, atentamos contra esto.

Atentamos contra la sociedad misma.

Si la gente no va a sentirse satisfecha, no va a comprometerse, no va a poner en juego el máximo de sus capacidades hasta que no esté en EL trabajo que ama… Estamos condenándonos a la mediocridad, a la desmotivación y la ineficiencia. A la excusa implícita de que de verdad haremos las cosas bien, en ese día maravilloso que nos encontremos con nuestra media naranja laboral.

Cambiar el foco

Hay algo que sí es posible en toda circunstancia. Más aún, que se fortalece cuanto peor son las condiciones: el sentimiento de orgullo.

  • No me gusta, y así y todo mira que bien que lo hago.
  • Aspiro a más, pero aquí estoy aprendiendo y creciendo.
  • Tengo pocas herramientas, pero aún así lo estoy sacando adelante.
  • No me gusta, pero es importante para la sociedad.
  • No es lo que esperaba, pero estoy eligiendo priorizar otras cosas.

Las circunstancias pueden limitar nuestras alternativas, pero el orgullo se apoya en que las circunstancias no nos manejan, nosotros las manejamos a ellas.

El orgullo se basa en que dimos lo mejor de nosotros, alcanzamos el máximo posible. El orgullo se alimenta de los obstáculos. 

Por eso ¡Cuidado! el discurso de la pasión que motiva tres minutos, probablemente frustre y desmotive en forma perpetua. El discurso del orgullo es más valioso, y seguro que más empoderante.

26_amar o enorgullecerte de tu trabajo

Anuncios