Hoy tuve una de las conversaciones más profundas de la semana, con un taxista.

No sé si el “click” fue por algo que dijo él o que dije yo; pero vio más que una pasajera y yo más que un taxista: vimos otra persona.  

Hace 5 o 6 años dejé de sentarme adelante.

Un ex jefe me advirtió que el taxista iba a pensar que me lo estaba cargando, y yo “me compré” esa versión cínica de la vida. Y en esa vida cínica, acorazada, ya directamente ni importa si hay un alguien.

Pero hoy salí del banco y ahí estaba: abierta, la puerta delantera. Siendo demasiado grosero ir para atrás, me senté adelante y en seguida a tipear en el celular ¡que el taxista no se fuera a creer que quería hablar con él y todo!

Pero me habló. De algo de la ruta a tomar; no tuve otra que contestarle.

Me comentó de los distintos tipos de pasajeros que “desfilaban” por su taxi. Y ahí, definitivamente, había captado mi atención.

No nos quejamos ni del clima ni del precio de las verduras. Hablamos de cómo se va construyendo la personalidad humana; de los valores que él intentaba transmitirle a sus hijas; de lo que me había enseñado mi desorden alimenticio adolescente y cómo se puede caer en la anomia si solo vemos imágenes sintética y mediadas de la realidad. Él, un taxista instructor de reiki, y yo, una comunicadora y coach en formación.

Me cortó antes el taxímetro porque no era mi culpa el tranque del tránsito, y yo le pagué de más, porque tampoco era culpa suya. Nos deseamos buen día y buena vida.

Y cuando se alejó, volvió a ser un anónimo de la vida.

 

 

 

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