“No cobro por lo que hago, cobro por lo que sé”
han posteado diseñadores, escribanos, y todo tipo de trabajadores del conocimiento. Y aunque es una respuesta inicial frente al injusto “no me podés cobrar eso por un dibujito” (un logo tan minimalista como genial), es una defensa que sigue sin convencer.

El mercado, el mismísimo flujo de la vida, retribuye solo en la medida que ese conocimiento aporte algo. Porque si tomamos recursos de la sociedad, es para devolver valor. Esa es una gran razón por la cual los mejores estudiantes no siempre son los mejores profesionales ni los más exitosos; estudiar solo por amor al saber ¡me encanta!… pero es un hobby.

Y si: seguramente si logramos un producto genial en solo 1 hora, es gracias a los 5 años de estudio y 10 de experiencia previamente invertidos. Pero el valor no se desprende de cuánto tiempo nos llevó, de lo que necesitamos para vivir o del precio de la lechuga. 

El valor está en definitiva, en que es genial.

Más aún: en la medida que generemos más valor con cada vez menos tiempo y esfuerzo… ¡estupendo!

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Pensemos en extremos. El artista abstracto consigue un mecenas porque “sus manchas de colores” nos ayudan a conectar con algo o manifestar lo que necesitamos expresar como sociedad. Los hombres santos son mantenidos para hacer “más nada” que meditar, porque su comunidad entiende que interceden ante fuerzas superiores. Hasta las acciones más intangibles y sutiles se valoran cuando, de alguna forma, cumplen una función relevante.

Entonces colegas, asumámoslo: después de papá y mamá, nadie nos va a pagar por educarnos. Es más: nadie tiene por qué hacerlo. Así que en vez de quedarnos reclamando que se nos dé, enfoquémonos más de qué forma podemos contribuir nosotros.

 

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