Una huelga para validar una política. Un engaño para terminar una relación erosionada. Una humillación para dejar un trabajo que no nos lleva a ninguna parte. Un infarto para darnos cuenta que estamos vivos.

¿Cómo cambiar eso que nos hace mal desde hace tiempo (y lo sabemos), sin tener que dejar que se queme todo? Desde tiempos inmemoriales nos inculcan el mensaje de destrucción-renacimiento como modelo a seguir: el Ave Fénix, Cristo, las semillas que mueren en la tierra para ser planta, los grupos de Anónimos que exigen tocar fondo para empezar los 12 Pasos. Una y otra vez nos llega: “rompete, que solo así vas a poder armarte”. Y sí: destruir tiene su función (o si no ¡no lo haríamos una y otra vez!), porque nos facilita muchos de los ingredientes del cambio:

  • Hacerlo YA. Mientras podemos, muchas veces “hacemos la plancha”, como esperando que el mundo se acomode solo. Tocar fondo nos activa, porque ahí el único paso posible es hacia arriba.
  • Desaprender. Puede ser por necios, por idealistas o por estar rodeados de gente que nos dice que sí a todo, pero nos cuesta soltarnos de nuestras viejas ideas. Es más fácil cambiar de idea cuando todos nuestros viejos criterios nos llevaron a la ruina.
  • Dejar algo atrás. Cambiar es desprenderse y, animalitos de costumbre como somos, nos cuesta. Pero si eso a abandonar es horrible, el rechazo le gana a la nostalgia.
  • Presentar al “nuevo yo” en sociedad. Para bien o para mal, la gente conoce una versión de nosotros y no solo esperan coherencia: implícitamente la exigen. Es más fácil justificar, que nos crean y nos apoyen, cuando lo fundamentamos en una crisis.
  • Sustituir la constancia. A falta de perseverancia, una forma de mantener el foco… es simplemente haber detonado las demás posibilidades.
  • (Mucha) energía ¡y qué gran motivador es huir del desastre!
Sí ¡autodestruirse es funcional! pero no es el mecanismo más inteligente.

Resurgir de las cenizas está bárbaro cuando uno ya se carbonizó… pero terminar de quemarse sólo para construir de cero, es como pinchar las 3 ruedas del auto porque se nos desinfló la primera.

La buena noticia: hay otras vías. Por eso hay que entender cuál de estas funciones del cambio estamos necesitando: el punto es movilizarnos no para escapar, sino para ascender.

Podemos atar el cambio, no a todo lo que salió mal, sino a todo lo que podría salir mejor si empezamos -AHORA- a hacer las cosas distinto. 

La subida cuesta más que la bajada, siempre. Por eso, más nos vale no quemar ni puentes ni recursos –anímicos, relacionales, materiales– que nos puedan hacer más fácil el largo, largo largo camino que tenemos por delante.

Los humanos somos cíclicos, sí; pero está en nosotros definir cuándo empieza una nueva vuelta.

Cada segundo es un primero de enero.

Anuncios