Hacerse cargo de la nueva información es lo de menos… pero aceptar que el otro tenga capacidad y autoridad como para aportarnos algo… ¡ah!…ese es otro cantar.

Hay temas que, de por sí, duelen. Enfermedades, engaños, que el negocio se viene a pique… cosas que nuestro cerebro lucha por no asumir, como forma de proteger al ego de un daño que -supone- no va a aguantar.

Hay otros temas que parecen demasiado obvios, que dan ganas de gritar “pero… ¡cómo tengo que decirlo!”… Y podemos deletrearlo o hacer un dígalo con mímica, que el problema está más abajo: lo que no se quiere escuchar es, en verdad, los valores o problemas profundos que acarrea el tema. Como cuando nos aconsejan dejar la sal, cuando jamás llegamos a asumir que ya no tenemos 20 años.

Pero también, a veces, parece que nos negáramos a escuchar casi que por deporte. Opiniones enteramente subjetivas, sugerencias prácticas, temas triviales…  ¿Qué “peligros” hay, ahí, en escuchar de veras?

1. El tener que “encarar”.

Mientras hagamos oidos sordos podemos seguir “flotando” en un mar de negación. Si escuchamos de veras, nos tenemos que hacer cargo o se resquebraja la coherencia de nuestro sistema, tanto antes los demás como ante nosotros mismos.

Muchos prefieren, por ejemplo, seguir pretendiendo tener una pareja fiel, antes que desarmar la casa de muñecas. O decir que los ascensos son arreglados “a dedo”, antes que encarar un curso de actualización profesional.

2. Cuestionar desde nuestras posturas, hasta nuestra identidad.

Nos “construimos” con las historias que nos decimos a nosotros mismos, sobre cómo y por qué ha ido saliendo así nuestras vidas. Tomamos decisiones según las explicaciones que nos damos acerca de cómo son las cosas… o más bien lo usamos esas explicaciones para justificar elecciones básicamente emocionales. Escuchar otra visión -aunque ni siquiera refiera a nosotros- puede movernos el piso y dejar tambaleando toda la estructura.

 

Pero además de los “peligros” que tienen que ver con el mensaje, con el “QUÉ” escuchamos, hay otras barreras peores:

3. Escuchar es darle autoridad al otro.

No importa QUÉ me esté diciendo: el mismísimo hecho de tomarlo en cuenta implica validar que puede aportarme algo, que su punto de vista puede ser “mejor” que el mío. Y cuanto más poder esté involucrado, peor. O por simetría -sea dos colegas, hermanos o amigos, intentando “ganarse el favor” de una misma persona- o por asimetría de poder -jefe & empleado, padre & hijo) donde uno asume que tiene que tener la razón, y siente que se desintegra su rol si asume que el otro es un yo válido.

En las empresas, por ejemplo, a veces se contratan consultores para que digan lo que los empleados ya venían anunciando desde hace tiempo.

4. Escuchar es asumir que no hay verdades absolutas

La última frontera ante un universo que no podemos comprender ni controlar, es creer que hay certezas absolutas: que las cosas SON de una forma que podemos llegar a descubrir si le dedicamos suficiente atención.

Escuchar puede abrir agujeros de bala en este último refugio. Ya no importa el QUÉ, ya no importa QUIÉN: el “peligro” es asumir que no siempre sabemos, es entregar el control.

Cuatro reflexiones para predisponernos a escuchar mejor:41_peligro-escuchar
  • Escuchar no significa estar de acuerdo. Significa estar abiertos a considerarlo, y desde la lógica del otro.
  • Aprender es una ventaja competitiva… que  por definición requiere absorber ideas nuevas.
  • La gente va a seguir pensando lo que piensa aunque no lo escuchemos, pero si lo hacemos, podemos dialogar, y podemos generar nuevas ideas.
  • “La verdad” es una ilusión; el mundo sigue funcionando aunque no haya certezas, aceptarlo no va a hacer que se desmorone.
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