Cuando algo me sale mal, me encanta culpar a Disney. Walt me dio expectativas irreales de la vida: desde aspirar a tener una cintura de 5 cm. a creer que me iba a enamorar en 10 minutos. Y todavía sigo esperando que los pajaritos vengan a limpiar mi casa. Pero lo peor, peor peor, fue hacerme creer en los finales felices.  

“La vida es injusta” me van a decir, “los que ganan son los malos”… pero no me refiero a eso. Sí creo en la felicidad. Sí creo en los “príncipes azules”, y en que encontramos varios en nuestra vida: hombres; pero también amigas, viajes, proyectos… diferente tipo de cosas que en ese momento son todo lo que necesitamos para ser felices. La “herencia maldita” de Disney no es el final feliz, sino lisa y llanamente, la idea de final: un estado definitivo en que alcanzamos todo, y se va a quedar para siempre ahí en color de rosa. Y no es solo Disney: nos taladran desde chiquitos para que acaparemos, para que nobilicemos lo que dura para toda la vida –de las best friends forever a los ideales setentosos en pleno siglo XXI. Muy fácilmente confundimos identidad, coherencia y compromiso, con el aferramiento obtuso –y bastante arbitrario- a un instante que no tiene más legitimidad que el resto.

Ahora, ¿qué tiene de malo creer en los finales? Para los que la tienen clara en esto de vivir… nada, probablemente. Pero para el resto de nosotros, hay tres peligros que –mínimo- tenemos que mantener en el radar:

  • Uno, es creer efectivamente alcanzamos ese grand finale… y achancharnos.

La autocomplacencia es fatídica. En el momento en que creemos que lo logramos y ya está… es cuando empezamos a venirnos cuesta abajo. Descuidamos nuestra salud, nuestros vínculos, nuestra performance… ¡total! ya lo logramos.

A no malinterpretar: disfrutar y sentirnos agradecidos por lo que somos y lo que tenemos –hoy, ahora, así– es crucial. Pero la vida es movimiento, es aprendizaje, es desarrollo.

El tema es querer aferrarnos: nuestro mundo muta todo el tiempo, las personas entran y salen de escena con sus propios guiones, y las cosas –todas las cosas- se desgastan. No es posible “congelar” ese final feliz. Aún para mantenerlo, hay que seguir moviéndose.

  • Otro, es dejar de escucharnos a nosotros mismos.

Cuando nos apegamos al estado final, nos olvidamos de chequear nuestros propios sueños. ¡Y claro! Desde el estado de equilibrio (que no es lo mismo que balance) está el riesgo de darnos cuenta que en verdad no estamos felices: estamos cómodos.

El punto es que, cual avestruz, aunque no queramos vernos, cada día que nos levantamos somos un yo distinto. Todas las experiencias que vivimos a diario, todas las personas con las que interactuamos, van dejando una huella.

  • Y el peligro opuesto: vivir persiguiendo ilusiones.

Lo visualizamos, nos esforzamos y finalmente lo conseguimos: nos mudamos o nos ennoviamos o nos casamos o nos ascendieron o tuvimos hijos… y entonces… chan chan chan… la película sigue.

En vez del cartel de “The End” y el sol rojo poniéndose al atardecer, se viene una serie de días normales, sin dragones que matar ni bailes eternos. ¡Ajá! –piensa alguien deformado por Disney como yo- entonces no era ESTE el final: tiene que haber algo más, la puerta al estado de éxtasis perpetuo. Y así vamos buscando personas o situaciones que encajen y se queden para siempre, desvalorizando todos los “mientras tanto”. (Sobre)vivimos yendo de ilusión en ilusión y cuando se terminan, increpamos a Disney con mayor o menor rabia, intentando arrancarlo de nuestra memoria y de nuestros corazón “¡Qué pérdida de tiempo!”.

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Dejar de buscar  finales

Puede dar miedito dejar ir esta idea del final feliz. Tan “programados” como estamos para buscar lo estable, es como que si no creemos en algo eterno nos vamos a pasar la vida boyando a donde nos lleve la corriente. Puede darnos mucha fiaca también: “¡hasta cuando!”. Y si es eso lo que nos brota, es que nos estamos perdiendo de vista el ahora.

En vez de avanzar en fast forward para ver el desenlace de la película ¡dediquémonos a disfrutar cada escena!

 

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