Voy en el ómnibus rodeada de cantidad de personas que no me significan nada. Podrían evaporarse todas en un segundo, que no me afectaría en lo más mínimo.

Pero suena un mensaje y se me acelera el pulso: me escribe un “mío” esa morbosa palabrita que lo cambia todo.

Son muchos los “míos”: mi chico, mi madre, mi hermano, mi jefa, mi cliente. No tienen nada que ver entre sí, ni tampoco lo que siento por ellos. Pero tienen el poder (léase: yo les dí el poder) de alegrarme o arruinarme el día. De cambiar el curso de mis decisiones.

Lo que los une y diferencia del señor que está sentado al lado en este 141, no son ni nuestros valores ni nuestros intereses comunes: es que en algún momento hicimos ese “pacto” de importarnos en la vida del otro. Pasaron a ser “míos”.

Y tal vez la chica que está sentada adelante pase a ser mañana mi nueva compañera de trabajo y luego mi mejor amiga. Voy a sufrir con sus lágrimas y agradecer a la vida por sus alegrías. Pero hoy… es nada. Toda su historia, todos sus dramas, todas sus esperanzas… toda su existencia que está pasando ahora mismo, no queda amparada por esa cláusula de ser “mi” amiga.

Tanto es que cuando queremos invocar respeto por un equis, apelamos al pacto: “no la trates así, podría ser TU madre”.

El click está en entender que todos los equis son “míos en potencia”.
Que todos los equis son el “mío” de alguien.
Con eso debería ser más que suficiente.
Anuncios