¿De verdad? pues buena hora para empezar a hacerlo. Quién, cuánto y qué hacer con ello, ESO es otro tema.

“A mí no me importa lo que diga la gente” manifestó mi compañera de trabajo.

“¿Qué gente?”.

“¡La gente!” me lanzó, como si la respuesta fuera obvia. “Los demás”.

Y muy obvia para mí no era, porque si encuentra dos personas que piensen igual acerca de todo… yo lo consideraría un milagro. “La gente”, entonces, no es más que nuestra propia construcción de lo que creemos que un colectivo piense. Y entonces también: ¿de quién están saliendo los prejuicios, a fin de cuentas?

Te recomendamos leer: Ser – Hacer – Decir

El “saber popular” pulula de frases hechas del estilo “what you think is not my business”, “olvídate de los demás para ser feliz”… y entiendo la buena intención subyacente… pero curiosamente después nos sorprende el radicalismo, la falta de capacidad de escucha y de empatía.

Mis cinco grandes motivos por los que a mí sí me importa lo que piensen los demás son que:

  1. No vivimos en una isla

Por libres y autosuficientes que seamos, como personas, somos interdependientes.

Desde el desarrollo de un emprendimiento a tener la dosis de afecto necesaria para el día a día, como animalitos sociales que somos, necesitamos de los demás.

Y de acuerdo a cómo nos perciban e interpreten, qué posibilidades nos abrirán o nos limitarán.

 

  1. No vivimos en una isla… de seres queridos

“Los que me quieren saben cómo soy”. Entienden nuestros argumentos y que esa foto en que estamos colgados de un poste tiene una razón de ser. El pero es que mucha de la gente que tiene incidencia en nuestra vida apenas nos llegará a conocer superficialmente.

Poco importa la cajera que nos mira de costado porque compramos lubricante y comida para perros. Pero otra de esa “gente” es la que mañana podría evaluarnos para un cargo, hablar bien o mal de vos a nuestro potencial amor de la vida, contratar nuestros servicios frente a la competencia, o aprobar a que nuestros hijos ingresen al colegio.

Sería lindo poder relacionarnos únicamente con gente con una cosmovisión como la nuestra, que se tome el tiempo de conocer nuestra historia, despegarse de sus propios paradigmas y evaluar nuestras reacciones exclusivamente en función de nuestras vivencias… Pero más que lindo, es utópico.

 

  1. La gente es un espejo

Si cambiamos el “no me importa lo que piensen los demás” por un “estoy tan seguro de tener la razón absoluta, que ni necesito oírte”… ya no suena tan elevado ¿no?

Las personas nos reflejan cosas que desde adentro no podemos ver. Por supuesto que son observaciones subjetivas: algunas personas, como los espejos de los ascensores, siempre van a resaltar lo peor; otros serán como los de las tiendas, alterados para hacernos ver con 5 kilos menos. Pero aunque sea a través de los mil filtros personales, las personas transmiten su reacción a algo de lo que somos.

  1. Mejor un espejo deforme que una sombra

“No necesito amigos que cambien cuando yo cambio y asientan cuando yo asiento. Mi sombra lo hace mucho mejor” decía Plutarco hace casi 2000 años.

Cuando lanzamos ese “los demás” peyorativo, el 99,99% de las veces en verdad nos referimos a los que piensan distinto. Nos encanta que nuestros amigos nos reafirmen en las convicciones que ya tenemos y nos ayuden a validar las razones que nos elaboramos. Y así de satisfactorio como es, así de infértil.

Cuando descartamos la opinión de la gente que piensa y ve las cosas de forma distinta, estamos cerrándonos a enormes posibilidades de crecer.

 

  1. Una opinión no es una orden

Podemos escuchar, podemos entender, y podemos –aun así- no estar de acuerdo.

Hay un abismo entre entender cómo estamos impactando en la vida de los demás, qué alternativas ven posibles, cómo les gustaría que fuéramos de acuerdo a SU mundo… y qué es lo que decidimos nosotros.

Lo que importa es que haya una reflexión consciente con esos insumos, para ver qué hacemos de nuestras vidas.

Algunos creen librarse de la opinión ajena blindando sus vidas, pero se olvidan del axioma #1 de la comunicación: todo comunica, incluso el vacío.

En otros tiempos los que estaban fuera del diálogo social eran, o los emperadores, o el ermitaño tenebroso de la montaña. El vox populi habrá pasado de la plaza del pueblo al Instagram, pero sigue siendo lo mismo.

Anuncios