¿Vivimos la calma como aburrimiento?

 ¿No conseguimos emoción sin adrenalina?

¿Bordear los límites es la única forma de sentirnos vivos?

La conocemos. Está esa intensidad de “mecha corta”, de arnés y casco, decibeles y aditivos, penales y rojas. Devora estímulos, a ver cual más fuerte. Se consume rápido, y pide más.

Pero hay otra intensidad, quieta, que tarda en consumirse.

No va de euforia, no va de adrenalina. No toma la emoción del estímulo: la encuentra en la propia mirada. Y tiene, por lo menos, tres llaves: presencia, profundidad e involucramiento.

Presencia

Estamos distraídos. Prestamos tanta atención a lo que pensamos -de lo que pasó, de lo que debería haber pasado y de lo que queremos que pase- que nos perdemos la única realidad: el momento presente.

No registramos ni la cuarta parte de lo que captan nuestros sentidos, no chequeamos qué estamos sintiendo en el aquí y ahora. Como bailar con el volumen bajo o comer con la nariz tapada, la experiencia nos llega atenuada.

Y corremos a hacer bungee o provocar una discusión como echándonos agua helada en la cara para despertarnos de mañana. Pero el shock no es la única forma: el mindfulness se entrena, para estar presentes en cuerpo, mente y espíritu aún ante la aparente nada.

Profundidad 

Vemos sin observar. Scrolleamos por arribita el feed infinito de nuestras redes, acumulamos datos cual Wikipedia y vemos en tiempo real las miserias y glorias humanas, sin hacer sinapsis.

Sea en la realidad o en la ficción ya lo hemos visto todo. Pero aunque cada m2 del planeta está registrado por satélites, todavía hay territorio inexplorado: en las conexiones entre motivos, causas y efectos, en historias que nos permiten vivir otra vida ajena aunque sea por una hora.

Vamos profundo cuando pasamos la corteza evidente e intentamos encontrar el sentido y las motivaciones; cuando cuestionamos las cosas como son y pensamos de qué otras formas podría haber sido posible, cuando hacemos el esfuerzo de ponernos en la piel de otro. 

Involucramiento 

Compromiso suena anticuado. Casi como sinónimo de apego o un aferramiento poco sano.

Hay tantas opciones, tantas libertades, tanta movilidad, que no tenemos que cargar con nada que no nos haga felices: ni una carrera o una pareja, a un país o hasta nuestro género. Y es para celebrarlo.

Pero también nos vuelve demasiado difusos, ambiguos. No nos identificamos con nada porque sabemos que todo es pasajero; no nos enganchamos para no extrañar lo que no va a durar; y a la primer molestia abandonamos las causas.

Una forma de reencontrarnos con la intensidad es involucrándonos: poniéndonos metas y no parando hasta lograrlas; superándonos nosotros mismos mientras superamos obstáculos; dejando que la circunstancias nos afecten. 

Presencia, profundidad e involucramiento: un entronque

Para ser parte de algo debemos entenderlo; cuando realmente atendemos a algo se enciende nuestra curiosidad; y cuando comprendemos no podemos no tener una postura ante ello.

Arriesgarse a estar en desacuerdo, a maravillarse, a sentir, a perder… la misma intensidad de una caída libre, pero en este caso hacia adentro. 

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